
Se veía como una autentica novia, caminado hacia el altar donde le esperaba su guapo y flamante novio.
Una mañana, una tímida claridad empezó a invadir la habitación, quería anunciarle que había llegado el ansiado día de su boda.
Miro por la ventana y vio como el sol había aceptado su invitación y el cielo había elegido para la ceremonia, el color más azul que jamas había visto.
Pero en esta ocasión lo primero no fue contemplar su vestido, cerro los ojos y pensó en él .
Noto miles de mariposas revoloteando en su estomago al pensar, que a partir de ese día, amanecería junto al hombre que tanto amaba.
La primera luz que vería cada mañana seria la del brillo de esos ojos que la enamoraron desde el primer día, sus manos despertarían con el calor del cuerpo que tanto deseaba y su boca besaría los labios que desataban su pasión con solo rozarlos.
Luciría un brillante anillo en su dedo, la señal visible de que estaba unida al hombre elegido para pasar el resto de su vida.
Sin saber por que se estremeció y sintió miedo.
Miedo a no ser la esposa ideal, a no ser la amante perfecta, a que ese amor no fuera eterno.
Deseo tenerle allí , sentado junto a ella, que sus manos acariciaran su cara y sentir esa tranquilidad que sólo él sabia darle.
Quiso vestirse sola, sin ayuda de nadie, despacito, disfrutando de cada prenda que se colocaba en su joven cuerpo.
Cogió un discreto pero hermoso ramo de flores y salió de su habitación, del refugio de su infancia, de su casa de muñecas... para empezar el sueño de esa niña que se adornaba con cortinas, que sonreía a muñecas y tarareaba una canción.
Gala








